A estos muchachos, el padre Quadrio les dirigía la palabra de una manera que lograba conquistarlos. “¿Quiénes somos? ¿Por qué hemos venido?”, preguntaba durante un encuentro en 1959. Y respondía así: “Por una razón simple. ¡Apuesto a que nunca lo adivinarán! Estamos aquí porque les queremos... Les queremos porque son jóvenes, no por otra razón. Les queremos. Y hay un motivo aún más bello y conmovedor. Se los decimos en voz baja, en confianza, con el corazón: porque no siempre han sido afortunados, han sufrido y aún están sufriendo. Lo leemos en sus ojos, demasiado serios, en su rostro de adolescentes ya marcado por el sufrimiento. Queridos amigos, la vida ha sido dura para ustedes. Nosotros les comprendemos. No siempre, ni en todo, ha sido culpa de ustedes. En su lugar, nosotros habríamos hecho algo peor. Tal vez alguno de ustedes haya sido un poco culpable. Y, ¿quién no ha cometido errores en su vida? Pero los más culpables son aquellos que, pudiendo y debiendo, no les ayudaron ni les amaron lo suficiente. Estamos aquí esta noche para hacer un acto necesario de reparación, es decir, para pedirles perdón por todos aquellos que les hicieron daño, que no les amaron, que no les tendieron una mano fraterna. Estamos aquí para prometerles solemnemente que haremos cuanto podamos para impedir que esto vuelva a suceder con ustedes y con los otros jóvenes que podamos acercar”.
El padre Pawłowski comentó este discurso del padre Quadrio, relatando cómo el testimonio sacerdotal y educativo de este último marcó su historia vocacional y su ministerio educativo entre los jóvenes, incluso aquellos en situaciones difíciles, como en las cárceles de Rebibbia en Roma o en las de Polonia. Para él, el padre Quadrio es un modelo y un amigo que inspira toda su vida y su misión como sacerdote salesiano.
El domingo 20, en la iglesia parroquial de Vervio, el padre Pierluigi Cameroni, Postulador General de las Causas de los Santos de la Familia Salesiana, presidió la Eucaristía e inspirándose en la Palabra de Dios del día, presentó tres figuras de santidad de la Familia Salesiana, todas originarias de esas tierras, que vivieron el estilo de Jesús: el servicio.
El Venerable padre Giuseppe Quadrio, quien en su recordatorio de la Primera Misa escribió un verdadero programa de vida espiritual y apostólica: “Recen hermanos: Oh sumo y eterno sacerdote, que has constituido a tu humilde siervo vicario de tu amor, concédele un corazón sacerdotal como el tuyo: olvidado de sí mismo, abandonado al Espíritu Santo, generoso en darse y en compadecer, apasionado por las almas por amor a ti”.
La Beata María Troncatti (1883-1969), nativa de la cercana Corteno Golgi (Brescia) y misionera en la selva amazónica de Ecuador, entre los indígenas Shuar, se destacó por su extraordinaria caridad y su materna solicitud hacia los salesianos, a quienes hablaba maternalmente y con confianza. No pocos de ellos testificaron: “Si soy sacerdote, si soy salesiano, se lo debo a ella”. Y ella inculcaba este amor por los sacerdotes y por los consagrados también a sus hermanas: “No esperen que ellos pidan, porque no lo harán; prepárenles lo que necesiten”. Uno de los misioneros de entonces, el padre Giovanni Vigna, dejó este testimonio sobre la hermana Troncatti: “Es la encarnación misma de la simplicidad y la astucia evangélica. ¡Con cuánta exquisita maternidad conquista los corazones! A cada problema encuentra una solución que, a la luz de los hechos, siempre resulta la mejor. Nunca olvida que trata con seres débiles y pecadores. La he visto tratar la naturaleza humana en todos sus aspectos, incluso los más miserables: y, sin embargo, los ha tratado con aquella superioridad y gentileza que en ella eran algo espontáneo y natural. Lo que me sorprende es que en todo momento permanecía exquisitamente mujer. Diría que cuanto más virgen, más madre”.
Finalmente, el Siervo de Dios padre Carlo Braga (1889-1971), nativo de Tirano, misionero en China y fundador de la presencia salesiana en Filipinas. El padre Cameroni recordó cómo uno de los jóvenes misioneros de la 155ª Expedición Misionera Salesiana, Krešo M. Gabričević, de la Inspectoría de Croacia (CRO), habló del padre Braga como un modelo de gran misionero cuyo estilo de vida desea seguir: “Un modelo que deseo seguir es el Siervo de Dios Carlo Braga, conocido como el ‘Don Bosco de Filipinas’ por su capacidad única de encarnar el espíritu salesiano en un contexto cultural diferente. Su extraordinaria humildad y adaptabilidad le permitieron construir relaciones profundas con las personas a las que servía, respetando las tradiciones locales y, al mismo tiempo, llevando el mensaje de Cristo con alegría y sencillez. Supo unir educación, fe y servicio con un corazón abierto a todos, sin perder jamás la cercanía a los jóvenes y a los más pobres. El padre Braga fue un misionero que no solo enseñaba, sino que también aprendía de las personas con las que trabajaba, transformando su misión en un auténtico intercambio de amor y confianza”.
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